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Hay sentencias que marcan un antes y un después en la vida de un Abogado.


Nuestro trabajo consiste muchísimas veces, en ayudar a realizar sueños. Sueños de una vida mejor que permita hacer florecer en esplendor los dones que cada uno de nosotros recibe al nacer. Y ayer, ayer fue uno de esos días. Apenas ver el mail del Tribunal de Roma, y leer “Accoglimento Totale” una sensación de plenitud y emoción recorrió todo mi cuerpo. No pude resistir vivir el momento sola y llamé en mi auxilio, a alguien cerca mío que sabe bien de los pesares y penurias de esta pequeña familia del norte de México. Sí, esa persona como yo, sabe de los sueños truncados por la mala Administración de sus derechos. Sabe lo que es sentir y no poder resistir a un abuso institucional. Sabe, lo que es morder el polvo, con el corazón inundado de amargura por tener que renunciar a un proyecto de vida al que se tenía pleno derecho. Todo eso es lo que vivió esa pequeña familia por largos años antes de tocar a mi puerta. Pero esa gente, a la que yo no podía fallar porque había depositado en mí una confianza que no admite flaquezas, esa gente que me obligaba a desplegar todos mis recursos: conocimientos, experiencia y mi mejor estrategia defensiva, me hizo luchar con todas mis fuerzas por conseguir la meta que ayer logramos juntos: ellos porque confiaron sin dudar en mi trabajo, yo, porque sabía que él contenía también la fragilidad de una utopía que yo debía custodiar. Sí, no se trataba de un “simple juicio”. Pude enviarles la Sentencia y los escuché emocionarse a miles de kilómetros de distancia. Me conmovió el padre de familia, tan serio, tan digno, que no disimulaba su emoción ni sus lágrimas. También me conmovió, la felicidad explosiva de ese flamante joven Ingeniero que me repetía sin cansarse: Gracias Doctora. Dios la llene de bendiciones.Voy a devolverle a Italia todo este reconocimiento (cancelando en un segundo los abusos sufridos). Voy a trabajar allí, voy a pagar mis impuestos y quizás, quizás (borbotaba) tal vez forme allí mi familia. Escuchar el ímpetu de ese espíritu joven y no contaminado, me llenaba de felicidad. Y fue así, que anoche cerré mi día, con la sensación sagrada que da el deber cumplido, con la certeza de haber nacido para no ser otra cosa que un Abogado. Con el privilegio de poder ganarme la vida a través de algo que me apasiona, y tantas veces, tantas, me regala como ayer, noches inolvidables. Las de un antes y un después.

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